Cuando el tiempo se detiene sólo quedan miradas

Con el tesón y la firmeza de quien vive junto a la vera de la exclusión, al horizonte de la desesperación, Abdul intenta abrirse al mundo con su tímida sonrisa y su voz entrecortada. Lo encontré sucio, mugriento y gimoteando en una esquina. Acompañado por su madre y su hermano mayor. Cargando el peso de la pobreza sobre unos hombros desmasiado débiles aún como para comprender el tipo de injusticias que acontecen en la vida. Se sentía desprotegido y, a pesar de estar acompañado por su familia: solo. Solo en esa esquina que hacía las veces de su oficina. De su diaria rutina. Donde jugaba a no llorar, donde reía para atraer almas caritativas y que le dieran una limosna con la que poder llenar el flaco buche que le rugía como una manada de leones famélicos.

Era un día soleado, más de lo normal. El lorenzo castigaba sobre nuestras cabezas, ardiendo por momentos, bajo su halo eterno de luz meridiana. Yo, me encontraba deambulando por las calles de su barrio cuando lo vi. Reparé en él, en su tímida sonrisa. Tenía una de esas sonrisas de dientes prístinos, que invitaban a acercarse, que se muestra con afecto y sinceridad. No sé si fue por mi predisposición hacia los caídos que, automáticamente, sentí empatía por aquel pobre alma de viejo atrapada en el cuerpo de un niño. Me acerqué a él y le ofrecí el bocadillo que acababa de comprar en el puesto de la esquina. Él me respondió con alegría y dijo en árabe: “Shukram”. Mis conocimientos de árabe son limitados, pero al instante comprendí que me estaba dando las gracias.

Partió el bocata en dos y le dio parte a su hermano, que se encontraba de pie juntoa él. Su madre, a escasos centímetros de distancia, sin embargo, me observaba con recelo. Supongo que no está acostumbrada a ver a muchas mujeres sin el velo, en manga corta y paseando tan alegremente por una de las zonas más pobres y deprimidas del norte de Marruecos. Le dirigí una sonrisa de complicidad, queriendo transmitirle que no tenía porque tener recelo o vergüenza de mí, que a pesar de venir de mundos diferentes respeto profundamente sus creencias y sus tradiciones, y que hacer lo mismo a la inversa es señal de entendimiento mutuo entre mujeres.

Me dirigí al pequeño, que no paraba de observarme. Debido a la barrera idiomática no podíamos comunicarnos con facilidad, así que por gestos, el idioma universal, con mi mano derecha me señalé el pecho y le dije: “Yo, Carmen. ¿Tú?”. Él me sonrió con los ojos y automáticamente respondió: “Abdul”. Señalé a su hermano y aclaró que el era “Youness”. Hechas las presentaciones, decidí entablar cierta conversación con la madre, saber porqué estaban ahí, mendigando. Ella, que por cierto se llamaba Fátima, hablaba un poco de español. Al ver que mi interés era sincero, me contó que su marido había fallecido y que, al no tener este familia, se había quedado sola a su suerte con sus dos hijos pequeños. Abdul de 5 años y Youness de 7.

Y es que la situación de la mujer en el Islam es muy dura. Desde el momento en que una mujer se casa, esa responsabilidad de cuidados, alimentación y vestimenta pasa a manos del marido. Y si queda viuda, su hijo, u otro hombre de la familia, está obligado a hacerse cargo de ella. Además, no puede volver a casarse jamás. Quedará sujeta a las decisiones de sus hijos varones y nunca volverá a ser independiente tras la muerte del esposo. Ha de rechazar y resignar todo lo que le gusta en cuanto a comida, vestimenta y maquillaje hasta que muera. No podrá ser dueña de nada. Ni siquiera de su destino.

Por desgracia, la historia de Fátima es la historia de muchas mujeres en el Islam. Mujeres que han de soportar el peso de la exclusión social, que han de ver cómo el mundo que habían construido se derrumba a sus pies y no les queda más remedio que mendigar para sobrevivir. En esta cruda realidad, una se invita a reflexionar sobre la suerte que tiene de proceder de donde procede. De haber nacido mujer con libre capacidad de elección. Esa breve charla con Fátima y sus hijos me ayudó a comprender que, a pesar de las adversidades que el destino ponga en tu camino, la fortaleza por salir adelante es inmensa. Y es que ella, Fátima, a pesar de todas las calamidades a las que se ha de enfrentar día a día, no pierde la sonrisa en su mirada. Es una mujer que lucha, es una de esas heroínas olvidadas.

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