Ruta por la Cornisa Cantábrica: 12 paradas para comerse el norte de España

El norte de España es sinónimo del buen comer, pero también del buen beber. Y en tan sólo 12 lugares lograrás saborear lo más auténtico que ofrece la cornisa cantábrica en el ámbito gastronómico.

He de reconocer que nunca he sido de beber vino blanco, de hecho hasta hace relativamente poco no lo tomaba salvo en contadas ocasiones, pero tras mi viaje a Terras Galegas, Asturias, Cantabria y País Vasco, ese gusto ha cambiado, y todo gracias no sólo al Albariño, sino también al Godello, otro vino gallego que bien merece un monumento, al Txakoli y al vino de Cangas en Asturias, amén también de la sidra asturiana.

1. La Estrada, Pontevedra, Galicia

Mi abuela materna, Fina, nació en este pequeño pueblecito del interior de Pontevedra, situado a mitad de camino entre Santiago y las Rías Baixas. Un día de nuestra ruta fuimos a La Estrada para visitar a mis familiares, sobrinas de mi abuela y primos que siguen poblando en sus verdes prados.

La prima Fina, sobrina de mi abuela, junto con Modesto, su marido, nos acogieron con los brazos abiertos y nos llevaron a degustar una buenísima y abundante comida en un Furancho, uno de los secretos mejor guardados de la gastronomía gallega. En el furancho se vende vino de cosecha propia directamente del barril y se acompañan con platos típicos, normalmente derivados del cerdo (chorizo, raxo, zorza, lomo…), pero también calamares fritos y pulpo entre otros productos de la mar.

Mencionar que ‘Os Furanchos’ están abiertos unos pocos meses al año y que para identificarlos has de ver una hoja de laurel colgada de la fachada de la casa, ya que son casas particulares que tienen permiso para vender el vino que producen hasta final de temporada. Y en el Furancho donde nos llevó la prima Fina y Modesto, degustamos tanto tinto como blanco, servido en jarra, a grandes cantidades, de buen sabor y a unos precios más que competitivos.

Y es que ‘Os Furanchos’ son visita obligada para todo aquél que le guste el enxebre. Eso sí, prepárate porque si no vas acompañado de un lugareño quizás no encuentres ni uno, pues son bastante clandestinos.

Saludos, familia!

No puedo terminar el apartado de La Estrada sin nombrar los licores típicos gallegos y de elaboración propia: licor de café y licor de hierbas (orujo). El de mi prima Fina se lleva la palma, no probé en todo el norte mejor licor café y mejor orujo que el elaborado por Fina y Modesto. Porque, además de hospitalarios, los gallegos son mejor que buenos elaborando productos de altísima calidad, amén también de su miel casera, que uso como si de oro se tratase.

2. Combarro, Rías Baixas, Galicia

Este pequeño pueblo de las Rías Baixas es tan pintoresco como bonito. Sus hórreos a pie de playa junto con sus “tabernas-cueva”, hacen que la parada en esta localidad sea obligatoria cuando se viaja a Galicia. Localizado en el municipio de Poio, en la provincia de Pontevedra y a orillas de la Ría de Pontevedra, pasear por su casco antiguo es un deleite para los sentidos, sobre todo para el del gusto.

Entre hórreos centenarios se salpican diversos bares, tabernas y restaurantes que ofrecen al comensal precios populares y una comida de calidad, al igual que sus vinos, blancos y tintos con D.O. Rías Baixas que dejan notas afrutadas y frescas en el paladar y para el recuerdo.

Taberna O Bocoi, Combarro <3

Nosotros paramos en la Taberna O Bocoi, que también tiene restaurante. Allí degustamos un buen Albariño D.O. Rías Baixas, MareasVivas, que me dejó KO de lo bueno que estaba. Quise comprar una botella pero no encontré por ningún lado, afortunadamente en el enlace podéis comprarlo ya que se vende por Internet. Y qué decir de la taberna en sí, un lugar enclavado en la roca donde el tiempo parece haberse detenido desde que abrieran sus puertas en 1962, de aspecto marinero y decoración rústica y atemporal.

3. O Grove, Ría de Arousa, Galicia

No se puede visitar Galicia sin coger el ‘vaporcito’ y dar un paseo en barco por las bateas donde se cultivan los mejillones, ostras y vieiras de la hermosa Ría de Arousa.

La travesía se realiza por la zona entre O Grove, A Toxa (La Toja), Cambados, Vilanova y la Illa de Arousa (Isla de Arosa), donde un guía va animando al personal con explicaciones técnicas y rigurosas sobre las peculiaridades de la Ría, especialmente en lo referente a las bateas, plataformas flotantes en las que se cultivan, en cuerdas, los mejillones, ostras y vieiras, realizando una parada en una batea y con la posibilidad de observar el fondo marino y el cultivo gracias al suelo acristalado del barco.

Tras la parada en la batea y antes de atracar para finalizar la ruta, los guías a bordo van sirviendo sendas bandejas de mejillones al vapor y botellas de vino á gogo, vamos que es en plan “come hasta hartarte”, pues cuando te terminas una, te ponen otra, así hasta que acaben saliéndote los mejillones por las orejas. Pero ¡qué grata experiencia!

4. Ruta París-Dakar en Santiago de Compostela, Galicia

La meca del peregrino está repleta de bares y restaurantes para dar sosiego a las almas sedientas y cansadas que llegan a sus calles tras largas jornadas de caminata y peregrinaje, así que no podíamos completar nuestro mapa del norte sin pisar (y bebernos) Santiago de Compostela.

Y es que nos hizo muy buen tiempo durante los 6 días que estuvimos en Galicia, unas temperaturas de escándalo y un sol de justicia inundaban las calles y prados por los que pasábamos, por lo que también nos daba bastante sed.

Haciendo caso de nuestros instintos más primitivos, investigué un poco y descubrí que en la Rúa Do Franco, en pleno corazón de Santiago de Compostela, también se puede hacer el París-Dakar, eso sí, este recorrido es mejor tomárselo con calma, y aguante, o uno puede acabar algo perjudicado.

Rúa Do Franco, París-Dakar en Santiago de Compostela

La Ruta París-Dakar de Santiago no es más que el recorrido, de apenas 160 metros, que separan a dos bares: la cafetería O París y el Bar Dakar. El París-Dakar de Santiago consiste en tomar una taza de ribeiro primero en el O París e ir parando en cada una de las tabernas, bares y cafeterías que hay en el camino hasta llegar al Bar Dakar y culminar la hazaña, si aún quedan ganas e hígado.

5. Cudillero, Asturias

Dejando atrás Galicia, continuamos nuestro viaje por la Cornisa Cantábrica y nos adentramos en Asturias. La primera parada que hicimos fue en Taramundi, pueblo de interior en la frontera entre Galicia y Asturias y bajando hasta la costa pasamos por Luarca, visitando su cementerio, uno de los más bonitos que he visto nunca, para finalmente, parar en Cudillero.

Y es que Cudillero no sólo es el pueblo más bonito de la costa asturiana, también es el primero en el que degustamos la auténtica sidra de la región, que poco o nada tiene que ver con las sidras que acostumbramos a beber en el sur (el Gaitero, por ejemplo).

Cudillero, el pueblo más bonito de la costa Asturiana
Escanciadora en el Restaurante La Lonja

6. Oviedo, Asturias

Ese mismo día, tras pasar por Gijón, llegamos a Oviedo, una de las ciudades con más encanto de Asturias y de la Cornisa Cantábrica. Allí ya nos comenzó a llover (cosas del norte), pero eso no mermó nuestro espíritu para dar rienda suelta a nuestras ganas de comernos Asturias con una cena en la famosa Calle Gascona, la calle de Las Sidrerías, gracias a un lugareño que nos recomendó cenar en la Sidrería El Ferroviario. Y todo un acierto.

Ambientada como si de una estación de ferrocarril se tratase, estaba hasta los topes de ovetenses, por lo que me dió muy buena espina ya que suelo huir de los sitios para turistas, no sólo porque la comida/bebida sea más cara sino porque además la calidad es bastante pésima en estos sitios dedicados al turismo masivo.

En El Ferroviario nos pusimos las botas, mientras escuchábamos de fondo a una rondalla cantando el ‘Asturias Patria Querida’ y le hincábamos el diente a una tabla de quesos asturianos, un gran cachopo y tres botellas de sidra natural. La Sidra Peñón, tanto la normal como la Selección, elaborada de forma artesanal, y la Sidra D.O.P. Prado y Pedregal, ganadora a la mejor sidra natural 2017 y que se elabora con 22 variedades de manzanas asturianas recogidas según y en el Reglamento del Consejo Regulador de la Sidra de Asturias.

7. Cangas de Onís, Asturias

Aunque el tiempo no acompañaba, ya que llovía y había mucha niebla, decidimos subir a Picos de Europa para ver los Lagos de Covadonga y el Monasterio. Y los vimos a pesar de todo pronóstico (bieeeeeeen). A la bajada, paramos en Cangas de Onís, pues ya se había pasado la hora de comer y aún no habíamos probado bocado. Y tuvimos el acierto de pararnos en una sidrería a orillas del río Sella, para devorar un par de botellas de sidra de elaboración local y un buen chorizo a la sidra. Que así se le quitan a una las penas y el día nublado de la cabeza.

Choricico a la sidra, bien rico, oiga!

En Cangas de Onís también aprovechamos para hacer compra de productos gastronómicos a modo de souvenir y llenamos el maletero con una caja de sidra, crema de cabrales artesana y cecina, además de visitar el famoso puente romano y los imponentes alrededores de este pueblo tan bonito a las faldas de Los Picos de Europa.

8. Potes, Cantabria

Nuestro segundo día por Picos de Europa dió para mucho. Volvimos a adentrarnos en la montaña para visitar la preciosa aldea de Mogroviejo y la localidad de Potes, en la Comarca de Liébana y justo en la frontera con Asturias.

Y es que Potes es un pueblo que bien merece un post entero. Por eso mismo, una que es asidua al Trip Advisor cuando viaja, se dedicó a bichear para saber dónde comer verdura. Sí amigos, que tanto viaje por el norte está muy bien en cuanto al bebercio, pero una que es mediterránea de pura cepa y a la que le gusta más un calabacín que a un tonto un lápiz, echaba de menos poder degustar productos salidos directamente de la tierra. Y Trip Advisor me recomendó, con acierto, todo hay que decirlo: Casa Favila. Un pequeño local situado en pleno corazón de Potes en el que su parrillada de verduras se lleva el palmarés.

Tras jalarnos algo de forraje y el plato estrella de la región: el cocido lebaniego, acompañado de tinto de la tierra, nos dispusimos a bajar los muchos metros de montaña que habíamos subido previamente. Eso sí, pasando sin penuria ni parones las etapas del Rally del Libéano que disputaban aquél día y que tuvimos la puta suerte de sortear ya que la mayoría de carreteras con acceso a Potes fueron cortadas durante horas.

¡Viva viajar con nadie al volante!

9. Santoña, Cantabria

Si te gustan las auténticas anchoas (no esas del Carrefour) y estás de paso por Cantabria, tienes, debes, has, de ir a Santoña. Lugar de origen de la mayoría de anchoas artesanales que comemos por el sur a precio de oro y que allí te las venden a precio normalito. Porque baratas, baratas no son. Ya que las preparan quitándoles a mano todas y cada una de las espinitas que tiene el pez para que tú puedas degustar un manjar de dioses.

Así que tras pasar por Santander, Comillas, Las Cuevas de Altamira, Santillana del Mar y San Vicente de La Barquera, todos pueblos y ciudades cántabras, paramos en Santoña y, cómo no, compramos una lata de anchoas cántabras, un producto del que mi marido es muy fan.

10. Castro Urdiales, Cantabria

El último pueblo de Cantabria o el primer pueblo de Bizkaia, según se mire. Castro Urdiales está situado en la frontera por la costa con el País Vasco. Y tiene unos muy buenos bares que merecen mención, ya que el rollo pintxopote si bien es originalmente vasco, en este pueblo también se estila a pesar de ser cántabro. Es lo que tiene que en pocos km se concentren tantas y tantas tradiciones, que algunas veces se mezclan y otras directamente se diluyen.

Graffiti que define a la perfección lo que por allí te vas a encontrar

11. Lekeitio, País Vasco

Llegando a la recta final de nuestro viaje, tras 12 jornadas incansables de comercio y bebercio, paramos en Bilbao, ciudad a la que he tenido la oportunidad de visitar en 3 ocasiones y a la que no me canso de volver. Desde allí, partimos ruta a la costa bizkaina para visitar sus pueblos y la idiosincrasia natural de tan bello, agreste, salvaje y auténtico lugar como es el País Vasco.

Lekeitio forma parte del gran parque geológico que es la costa de Bizkaia. Y en sus grandes acantilados queda patente la historia de la humanidad, un historia que se complementa a la perfección con la historia del municipio. Haciendo hincapié en sus playas, la ría del Lea, el puerto, el faro y la Isla de San Nicolás, todo un emblema de la vida pesquera de Lekeitio, su carácter marinero invita al visitante a pararse a disfrutar.

Y es allí que paramos a tomar un pintxopote a modo de desayuno y compramos dos botellas de Pipas, Txakoli de elaboración local, ya que en Lekeitio el delicioso caldo del txakoli se elaboraba de forma masiva durante el siglo XIX, pero esta práctica prácticamente se ha extinguido, dejando sólo unos pocos viñedos dedicados a la elaboración de uno de los mejores vinos que pueblan la tierra: el Txakoli.

Uva Txakolina de la Bodega Pipas… gagagagaga

12. Getxo, Bizkaia

No puedo terminar este post sin dedicarle mención a Getxo, pueblo de la costa bizkaina, muy cerquita de Bilbao y, donde se dice, se presume, se comenta, que se inventó una de las bebidas que tantos buenos festivales me ha hecho pasar: el kalimotoxo.

En el Nº2 del Puerto Viejo de Algorta, en Getxo, está la casa donde la cuadrilla Antzarrak, que en el año 1972 asumió las riendas de los festejos locales, guardaban los 2000 litros de vino que, no se sabe si bien al calor o a que ya estaba malo, tenía un sabor insufrible y, para darle salida, decidieron mezclarlo con Coca Cola. Tras diversas pruebas como si de alquimistas se tratasen, dieron con la fórmula mágica y comprobaron que para que el vino picado se pudiera beber debían mezclarlo a partes iguales con el refresco americano.

Del nombre se dice que  viene de uno de la cuadrilla apodado Kali, que no era muy agraciado, y motxo en vasco que significa feo, por lo que cuando el susodicho Kali vino a proponer un nombre para la bebida, surgió entre risas el nombre que ha trascendido de la popular bebida, el kalimotxo (kali el feo).

El éxito durante las fiestas del 72 fue tal que el término kalimotxo se extendió por todo el País Vasco y Navarra a principios de los 80, para después terminar copando todas las regiones de la geografía patria y siendo una bebida must en todo festival de música y local rockero que se precie, tanto en Getxo como en el resto del mundo.
Al fondo, a la derecha, justo encima de mi cabeza, la Casa dónde se inventó el Kalimotxo.

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